Recientemente revisaba, para unos trabajos de índole académica, algunos datos de interés sobre la relación entre la banca internacional y su papel en Venezuela. Concretamente, para 1994, año en el que se desata probablemente la crisis financiera más grande que haya enfrentado la banca venezolana, el país contaba con seis instituciones que tenían presencia fuera de la jurisdicción nacional, a saber: Banco Venezuela, Banco Mercantil, Banco Industrial de Venezuela, Banco Unión, Banco Provincial y Banco Consolidado.

Adicionalmente, la información consultada arroja que la presencia de estos seis bancos se encontraba, a su vez, dispersa en varios países, incluyendo Estados Unidos, Curazao, Panamá y Brasil. La banca venezolana contaba así con un contexto de creciente internacionalización a mediados de la década de 1990. Un proceso que, por cierto, se vio reforzado durante la segunda presidencia de Rafael Caldera, en un entorno en el que entidades clave del sector (como Banco Venezuela o Banco Provincial, por solo nombrar algunos de los más destacados) recibieron o ampliaron inversión extranjera en su estructura patrimonial.

Tras el 3 de enero de 2026, entre tantos temas pendientes y debatidos, se encuentra el futuro del sistema financiero. Se discute cuál será el papel del mercado de capitales, cómo hacerlo crecer, cómo puede fungir como instrumento ductor de privatizaciones. Pero, al mismo tiempo, está el tema de la banca. Una banca que, sobredimensionada en el número de sus entidades, en los últimos años se ha visto aislada del circuito de los mercados internacionales, viviendo bajo el fantasma del overcompliance y, por supuesto, con una limitada conexión al capital internacional, no solo en lo referente a la recepción e intercambio -por razones obvias- sino también en lo que concierne a su estructura patrimonial, al equity y a los shareholders.

Si Venezuela quiere modernizar su sistema financiero debe, de modo imperativo, abrirlo de forma masiva a la banca internacional. Y debe hacerlo porque requiere cantidades significativas de capital y necesita entrar en un proceso de recapitalización a gran escala, que en buena medida se logra permitiendo la entrada de nuevos socios e inversionistas. Cabe agregar, además, que la incorporación de nuevos jugadores de talla mundial en el negocio bancario facilitaría la adopción de mejores prácticas vigentes en los mercados de primer nivel, con el valor añadido de una mayor innovación y desarrollo.

Es cierto que la era digital ha traído consigo la posibilidad de reducir muchas brechas, al menos desde el punto de vista del conocimiento teórico. Pero la práctica muchas veces no tiene sustituto. Y, al final, con el mayor pragmatismo posible, el país necesita ese spark de capital que solo se encuentra en el extranjero. Tenemos una de las carteras de crédito más pequeñas del continente y un negocio bancario que parece más un comisionista mercantil que un verdadero intermediario financiero.

Las experiencias del pasado no pueden constituir una ruptura ni un prejuicio para la entrada de la banca internacional. Como sucede en otras industrias clave, como el caso del área de los hidrocarburos, hoy más que nunca hace falta abrir Venezuela al mundo. Una sociedad abierta y capitalista. En eso creemos y a eso apostamos. Lo contrario es seguir en las cavernas, esperando que la escasez nos ilumine el camino hacia la modernidad.

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