El entorno venezolano está lleno de charlas y conferencias relacionadas con las “perspectivas de entorno económico”. Es una necesidad bastante recurrente en gremios, universidades, asociaciones de distinta índole y, por supuesto, empresas y negocios. Y si bien no se niega que en la práctica estos eventos cumplen un rol de importancia para el manejo de ciertas perspectivas inherentes a estas organizaciones, no pocas charlas de “entorno y perspectivas” caen en un círculo vicioso de predicciones que poco valor agregan para el sentido estratégico y la creación de valor para los negocios.

En este artículo, de este modo, queremos presentar una perspectiva más aterrizada de lo que, a nuestro juicio, se está dando en el entorno empresarial venezolano, especialmente de cara a los primeros 5 meses del año 2023, y su comparativa con el año 2022.

Este último año, el 2022, se caracterizó por lo que vendríamos a denominar una “ilusión de expansión”. Luego de varios años de decrecimiento, acompañados además del tema pandemia, varias empresas vieron en el transcurso del año -más concretamente en sus primeros 9 meses- algunos signos que invitaban a proyectos de expansión. Lo vivimos de primera mano: empresarios se nos acercaban en búsqueda de estrategias para financiamiento y planificación estratégica: aspiraban a abrir nuevas tiendas, sucursales, importar más inventario y materia prima, lanzar al mercado nuevos productos.

En 2023, en cambio, la dinámica ha sido diferente. El negocio de consultoría cambió de cariz. De la ilusión de expansión hoy el empresario tiene en su mente un vocablo distinto: eficiencia. Las aspiraciones de expansión hoy pasan a un segundo plano, y el negocio tiene otras prioridades. Los clientes buscan revisar sus estructuras de costos, estructurar de forma más ajustada -y detallada- sus presupuestos, mejorar la administración de sus tesorerías e inventar nuevas estrategias para lograr que se les paguen sus cuentas por cobrar. En fin, que el 2023 trae consigo un desafío distinto al que se previó en 2022.

Este tipo de cosas no necesariamente se dicen en las famosas charlas de entorno. El tipo de cambio o la inflación son cruciales para entender la macroeconomía del país, pero el quehacer empresarial también necesita un cable a tierra con elementos mucho más precisos para comprender el impacto de la economía en su actividad diaria.

Lo bueno dentro de lo malo, si es que así pudiera llamársele, es que lo sucedido en la economía durante lo que va de 2023 ha servido también de aprendizaje y sinceración para el entorno empresarial criollo. Si 2022 fue un año en el que probablemente la economía no reflejó lo que realmente estaba sucediendo en el país, o al menos no lo hizo con la precisión y magnitud debida, no deja de ser menos cierto que en 2023 la economía está proyectando cuál es la dinámica más apegada a nuestra realidad.

Una economía con un andamiaje institucional muy débil, en el cual cualquier cambio de variable tambalea sus precarias bases, y con ello, se evidencia la merma en el consumo y el poder adquisitivo de las grandes mayorías. Tal vez estemos enfrentando una fase de estabilización de la economía liliputiense, en la cual habrá incrementos pequeños del PIB, si los hay, que serán poco significativos para las necesidades que demanda el país. Lo cierto del
caso es que esta parece ser la realidad que hoy enfrentan las empresas venezolanas. Tenerlo claro se convierte en un aspecto de gran ayuda. Al menos es un comienzo. El inicio de una certeza que permita maniobrar ante lo incierto.

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Fuente: @AndresFGuevaraB

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