Está instaurado en el consciente colectivo la imagen del capitalista, como el ente que está dispuesto a cualquier cosa con tal de cumplir con un único deseo: acumular capital, riqueza. Es en buena medida, parte del pensamiento general venezolano ver con malos ojos, no solo la acumulación de riqueza, sino a cualquiera que venda un producto o servicio. Si se hace un ejercicio hermenéutico, se observa y se interpreta el discurso político que mejor ha calado en la población venezolana, se puede notar como se inscribe al empresario dentro del estereotipo de un ser maléfico que solo busca la ganancia a costa de la explotación y el abuso, donde muchas veces se les juzga–a los empresarios- independientemente de su
magnitud, como individuos que actúan desde el privilegio y por tanto, están abstraídos de la realidad.
Una prueba interesante de esto, es ver como los niveles más altos de popularidad de Carlos Andrés Pérez, Hugo Chávez y Nicolás Maduro se consiguieron cuando se nacionalizó el petróleo con un discurso nacionalista, como en el primer caso, cuando se hizo eco de la expropiación para el bienestar social como el segundo, o cuando incitan directamente a la población a cometer saqueos sobre la propiedad privada, como el tercero.

Si el destino de una sociedad está determinado por los pensamientos que permean en la misma, como bien expresó Hayek, entonces podemos ver a dónde nos ha llevado una historia de intervencionismos, figuras paternalistas y beatificación a líderes respaldados por la historia patria, inexorablemente sí, nos ha llevado al destino que hoy vivimos.

Y aquí es inevitable preguntarse ¿Cuál sería la realidad de nuestro país si viésemos a los empresarios como seres humanos comunes y corrientes? Claro que es infantil considerar que todas las empresas son benefactores sociales, en todos los casos el poder envilece, y no solo a políticos, muchos empresarios se benefician injustamente del Estado y perjudican a la población, Venezuela no es una excepción de este hecho.

Sin embargo, la conversación que tuvimos recientemente en Libre Pensantes me abre paso a dos reflexiones, que podrán parecer obvias, pero como venimos exponiendo, parece que no lo son.

1. Los comerciantes son seres humanos, y como cualquier otro, buscan tomar decisiones que los beneficien

¿Esto le da licencia para entorpecer la vida de su prójimo? Rotundamente no, pero si es necesario comprender que todos los individuos que conviven en una sociedad toman decisiones todo el tiempo que consideran son beneficiosas para ellos mismos y esto no tiene que ser demonizable, siempre que dichas decisiones se encuentren en el marco de la ley.

El ejemplo de Topitos es maravilloso, Carla (nuestra entrevistada) ha logrado satisfacer una necesidad, el brindar un recuerdo físico representativo de la Universidad Central de Venezuela, que suele generar gran sentido de pertenencia a todo el que hace vida allí, así ella vende sus “topitos” y regala un pedacito de la Universidad representado en algún recuerdito minimalista, en una cinta, un llavero, un collar… De esta forma, ella se beneficia y beneficia a aquellos que adquirieron el bien que ella produce.

Podría argumentarse que su caso no es representativo, pero la realidad demuestra bastante bien como funciona una sociedad de libre intercambio, más aún en el ejemplo venezolano, donde no quedan muchas grandes empresas, donde estamos rodeados por pequeños emprendedores, con locales modestos, algunos servicios o bienes específicos como el ejemplo anterior, dispuestos a ofrecer la satisfacción de una necesidad con tal de conseguir un rédito a cambio, con tal de que se les pague el precio que ellos están dispuestos a colocar y a su vez el mercado dispuesto a pagar, cuestión importante que me conduce al siguiente punto.

2. La decisión final la tiene el consumidor, sí, todos hemos salido molestos de una tienda porque sentimos que el precio de algo que necesitamos es exagerado, pero siempre es tu decisión si adquieres o no ese algo.

Habría que matizar, cuando se habla del sobreprecio en bienes de primera necesidad podría argumentarse que esta situación es necesariamente injusta, si se considera esto habría que pensar cuál es la solución, inmediatamente parece ser la respuesta más intuitiva solicitar al político de turno que controle los precios para que los empresarios no puedan vender por encima de lo estipulado y así se les garantice a las mayorías adquirir estos bienes, con esta política, se ha probado con más de dos mil años de evidencia que esto sólo genera la escasez de los bienes y mucha pobreza, destruyendo las opciones del consumidor de adquirir el bien y del vendedor de venderlo.

¿Cuál es la justa solución entonces frente a semejante coyuntura? Pues hasta el día de hoy, el único que parece viable es la competencia, ese sistema en el que se instan las condiciones para que una gran cantidad de vendedores se vean obligados a ofrecer el mejor servicio o bien al mejor precio posible, haciendo que los consumidores lo elijan a él, el poder real está en aquel que compra, sin este nadie puede vender.

La reflexión y la discusión en tiempos de miseria son ejercicios complejos, hoy más que nunca nos encontramos en un país triste y desesperanzado, que no busca recobrar su libertad porque no la entiende. Solo ve al pasado con nostalgia, envidiando el estilo de vida de hace veinte años donde jamás se imaginaron que comer tres veces al día sería un lujo. Es fundamental seguir dando la batalla de las ideas, ejemplos como el que observamos en el episodio nos invitan a replantearnos formas de erradicar estas creencias, estos estereotipos, estas ideas, que deben ser extirpadas de nuestra sociedad para hacer entender al venezolano promedio que todos, excepto los políticos, sufrimos la coyuntura, siendo nuestra responsabilidad saber identificar las causas que nos condujeron al presente que vivimos.

Autor: Mario Rosato