Acabamos de escuchar de la carta del apóstol San Pablo a los Gálatas que “Dios nos llama a la libertad”.

En el Evangelio de hoy, el apóstol San Juan nos dice que la verdad nos hace libres.

Esto lleva a preguntarnos, ¿en qué consiste esa libertad a la que Dios nos llama? ¿Cómo conocer y acceder a esa verdad que nos hace libres?

Desde el inicio de las Sagradas Escrituras podemos apreciar que Dios nos llama a ser “libres para crear”. Antes de ese llamado, la creación del cielo y de la tierra ha sido un acto supremo de la libertad de Dios; dice el Vaticano II que Dios ha creado por “un libérrimo y misterioso designio de su sabiduría y de su bondad” (LG 2); siendo la palabra “libérrimo” como la pureza máxima de la libertad, podemos apreciar que ella solo lleva al desarrollo de la sabiduría y de la bondad y, por ser misterio, nunca dejamos de sorprendernos de su alcance siempre bondadoso; porque ante lo hecho por Dios, dice el libro del Génesis, todo es bueno.

De esta fascinante realidad, la gran buena noticia para nosotros es que somos hechos, la humanidad es hecha, a imagen y semejanza de Dios. Es decir, tú y todos los seres humanos tenemos la capacidad de desarrollar eso que es propio de Dios: el ser “libres para crear cosas buenas y nuevas” y que, como dice el salmo 119 que hoy rezamos: “andamos en libertad porque buscamos sus mandamientos”; porque lo hecho con libertad se realiza con sabiduría y bondad, que son la base de los mandamientos de Dios. Por lo tanto todos podemos generar cosas buenas a imagen y semejanza de un único Dios creativo, innovador y con un respeto absoluto a la libertad del otro.

Solo hay libertad cuando se hacen cosas buenas. Razón por la cual, somos libres cuando aprendemos a obedecer a la verdad, la cual es eso que permanece en todo tiempo y cultura.

Por revelación, sabemos que la verdad es Jesucristo; por ser el mismo el camino de la libertad que nos da y lleva a la vida y vida en abundancia. La auténtica libertad, siempre lleva al desarrollo contante de la prosperidad de la vida.

Es decir, obedecer a la verdad implica tener cada vez más vida, implica convertirnos en lo que somos desde el ejercicio de la libertad, que requiere respetar lo bueno, pero lo bueno no lo imponemos nosotros, lo bueno lo pone Dios. De lo contrario, caemos en el pecado de Adán y Eva que quisieron decidir por ellos mismos qué es bueno y qué es malo. A nosotros no nos toca decidir qué es bueno, a nosotros nos corresponde descubrir y obedecer los principios universales, presentes en todas las generaciones de la historia, para desarrollar lo bueno de la humanidad.

De allí la importancia de saber de dónde venimos; de un Dios que da primero a la persona el libre albedrío y luego le dice que con ello sea fecundo y domine la tierra. Esta fecundidad y dominio ha generado progresos con inventos cada día más avanzados, pero debemos tener siempre claro que cuando no hay libertad el poder creador de cosas buenas es desplazado por la destrucción. De igual manera, aún en el progreso, cuando no es con la verdad que nos hace libres, nos quita la humanidad. Eso nos lleva a preguntarnos ¿Qué significa realmente el “progreso”; qué es lo que promete y qué es lo que no promete? Porque cuando el progreso no viene de la verdad que nos hace libres, lleva a invenciones que van desde un arma como una “honda” o “china” a una superbomba atómica, Sin embargo, cuando el progreso es desde la libertad que obedece a la verdad, la libre iniciativa humana genera invenciones que han mejorado la calidad de vida con personas de buena voluntad que han desarrollado industrias en donde se puede observar la caridad por lo que generan las industrias de la alimentación, vestido, vivienda, turismo, medicina, educación tecnología, comunicación, transporte, entre tantas otras; que solo son posibles con la perspicacia empresarial desarrollada por la libre iniciativa que nos hace imagen y semejanza de un Dios creador.

De allí se hace claro que la libertad obedece a la verdad para generar lo bueno. Porque el progreso, sino se basa en la bondad y sabiduría propia de la verdad, no tendría la caridad que solo se ejerce en libertad. Sin caridad, no habría libertad, porque aunque se hablase todas las lenguas humanas, sin caridad no hay libertad. Aunque se entendiese todas las ciencias, se obtuvieran los mayores grados académicos, se tuviese la capacidad de analizar información de manera objetiva, evaluar las diferentes perspectivas y los mayores avances tecnológicos; sin caridad no hay la libertad que siempre lleva al bien y la búsqueda de la paz.

En medio de ello, el cristianismo deja claro que la caridad o se hace en libertad o no es caridad. Por ello, la caridad sin libertad es vacía, pero la libertad sin caridad no tiene sentido. He allí la verdad que nos hace libres. Por ello, la necesidad de la caridad intelectual, la caridad empresarial, la caridad política y social; porque toma en cuenta a la justicia para darle a cada quien lo que le pertenece; y para dar más, sin generar incentivos que desmotiven a desarrollar el potencial humano que cada persona tiene y puede expandir desde su libertad.

De igual manera, hemos de tener claro que los avances técnicos son acumulativos y siempre pueden mejorar construyendo sobre lo último creado. Mientas que en la libertad, no existe una posibilidad similar de crecimiento, requiere que a cada generación se le enseñe sobre la libertad, como si fuera una novedad en la humanidad; razón por la cual la libertad puede perderse de un momento a otro; porque la libertad del ser humano es siempre nueva y cada generación tiene que tomar siempre de nuevo sus propias decisiones y descubrirla. No están nunca ya tomadas las decisiones para nosotros por otros; en este caso ya no seríamos libres. La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada persona, cada generación, tenga un nuevo inicio.

Por ello, agradezco a Dios de que existan instituciones como el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad, espacio donde obtuve mi crecimiento como economista; conformadas por personas que razonan rigurosamente para divulgar a cada generación los fundamentos de la libertad necesarios en todos los tiempos, para que cada vez seamos más humanos imagen y semejanza de Dios; expandiendo la felicidad que Él quiere para con nosotros. Que como San Joaquín y Santa Ana que presentaron a María en el Templo porque ello les generaba plenitud, que así CEDICE Libertad siga buscando con gozo esa verdad que nos hace libres para encontrarla y presentarla a la sociedad.

Y a todos los aquí presentes, que María, modelo inmaculado de libertad, interceda por nosotros para que, como ella, experimentemos el gozo de responder al llamado a la libertad; para que la virtud de la esperanza nos lleve con la fuerza del Espíritu a constantemente crear y recrear viendo oportunidades incluso donde solo hay problemas.

Amen.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de CEDICE ni las de su Consejo Directivo, ni académicos, ni miembros

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