“¿Eritrea? ¿Dónde queda eso?”. La pregunta se escuchó como murmullo en la sala de juntas, en el penthouse de un conocido banco capitalino. Ejecutivos del más alto nivel caraqueño concedían un par de horas de su tiempo para abordar el tema caliente del momento: la reestructuración de la deuda venezolana. Porque todos, en mayor o menor medida, querían saber cuál sería el impacto de las medidas que hace pocas semanas había anunciado el gobierno venezolano. También, por qué no reconocerlo, prender una vela, alabar al santo correspondiente, con la esperanza de recuperar algunos centavos de dólar de aquel bono que se había comprado hace ya unas cuantas lunas.

Eritrea apareció en el mapa porque, según los entendidos que aleccionaban sobre el mundillo de la deuda nacional, el país africano presentaba algunas características que lo asemejaban a Venezuela: un prolongado aislamiento frente a multilaterales como el Fondo Monetario Internacional, una economía fuertemente estatizada y la falta de datos financieros fiables. Un auténtico agujero negro, que gravita en el universo de la incertidumbre y, según parece, en la geografía de algunos ejecutivos venezolanos, olvidado de la cartografía del mapamundi.

Y, en efecto, Venezuela forma hoy parte de un listado titulado “List of Fragile and Conflict-Affected Situations” del FMI, especialmente por su debilidad institucional y social. Todo ello nos hace pensar que, frente a tantos comentarios que se han hecho sobre la reestructuración de la deuda venezolana, hay cuando menos algunas premisas que la población debe tener claras. Premisas que resultan de especial interés para el mundillo financiero y empresarial pero que, por supuesto, tienen incidencia en otras esferas de la población.

Lo primero: renacer. Cualquier proceso de reestructuración tomará tiempo. Un transitar que se mide en dos esferas. Primero, en lo relativo a los preliminares para poder reestructurar. Lo segundo, el proceso de reestructuración per se. El encuentro de los titanes, las cláusulas de acción colectiva, el tirar los dados en búsqueda de un retorno asimétrico, la interacción entre los soberanos, los PDVSA, Elecar, los laudos arbitrales en larga espera de ejecución.

Quisiera enfocarme en lo primero, porque además de ser el principio, sin el renacer no hay etapa de negociación. Creo, además, que es más sencillo de entender por lo que implica. ¿Cuál es el número final al que asciende la deuda venezolana? Bastará, para los efectos de esta pieza, decir que son varios millardos de dólares, de distinto origen, duración y naturaleza.

Lo que realmente importa en este momento, y es lo que aspiro que se lleve el lector de manera fundamental, es que para que Venezuela pueda reestructurar su deuda deberá entrar en un proceso de sostenibilidad del propio proceso de reestructuración que se proponga. ¿Qué implica ello en la práctica? Al menos tres elementos fundamentales. Primero, que la República demuestre que tiene capacidad de lograr salir de su estado de insolvencia, el famoso default. Segundo, que se puede y, en efecto, se ejecutará un programa de recuperación económica. Tercero, que el pago del proceso de la deuda no dependerá de financiamientos adicionales. Entiéndase: que no se emplearán préstamos y financiamientos otorgados para pagar la deuda preexistente (algo así como quien paga una tarjeta de crédito con otra, haciendo malabares cual joven en cualquier semáforo de la Ciudad de México).

Sin ello, el país no tiene posibilidades de proceder a una reestructuración. Llegados a este punto, ya es posible establecer algunas premisas clave: que la reestructuración tomará tiempo; que la negociación de la deuda, dependiendo de las condiciones, tomará más tiempo aún; y que el tiempo, al sumar más tiempo, nos arroja a una premisa compleja. Recuperar la economía y el país no es una mera coyuntura, un evento episódico, sino una carrera de largo aliento. Y como el kilometraje es extenso, hay una pregunta que dejo al aire y que debemos responder: ¿tenemos la capacidad como sociedad, y especialmente la dirigencia política, de ver este desafío como un elemento neurálgico para el país? Un evento que, a todas luces, irá más allá de la duración de un gobierno y que, precisamente por ello, requerirá el mayor nivel de madurez política para estar a la altura de los retos.

¿Cómo labrar el camino para que exista justicia y se elimine la impunidad, al tiempo que se construyan soluciones complejas con la visión de la Venezuela futura? Para mí, este es el verdadero nudo gordiano que viene detrás de la reestructuración de la deuda. Frente a ello, determinar la quita para un hedge fund parece un paseo en el parque.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de CEDICE ni las de su Consejo Directivo, ni académicos, ni miembros

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