Luis Inácio Lula da Silva trata de moverse entre dos aguas de forma acompasada. Sin embargo, algunas veces lo hace dando saltos hacia adelante y hacia atrás sin que pueda entenderse con en qué punto del espectro político y ético se encuentra el veterano líder brasileño.
Por una parte, intenta posicionar de nuevo a Brasil como una potencia económica democrática en el planeta. Está tratando de superar el aislacionismo de corte trumpista que inspiró la gestión de su predecesor Jair Bolsonaro.

Su planteamiento principal consiste en volver al multilateralismo, darle un gran impulso a los BRICS, crear un bloque económico capaz de contrarrestar el poderío económico norteamericano y la influencia universal del dólar. Y como parte de este liderazgo planetario de Brasil, asumir la defensa de la democracia como sistema. Este es el lado, llamémoslo luminoso, del mandatario suramericano, aunque sus aliados en este plano sean China y Rusia, muy lejos de ser democracias; y la India, que con Nerendra Modi ha ido girando peligrosamente hacia un autoritarismo cada vez más desembozado.

En la otra esquina encontramos su complicidad abierta con las tiranías cubana y nicaragüense y, ahora, con la autocracia de Nicolás Maduro. Con relación a Cuba y al matrimonio Ortega-Murillo, sorprende el silencio de Lula. El jefe del Estado brasileño, que aspira recolocar a Brasil en la cima del liderazgo continental, se calla ante las atrocidades que está cometiendo la pareja diabólica de Nicaragua y los atropellos y desmanes continuos del Partido Comunista Cubano y su escribiente, Miguel Díaz-Canel, contra los cubanos que protestaron el 11 de julio de 2021 pidiendo democracia y que les resolvieran carencias fundamentales como la electricidad, la inflación y el transporte público.

A esos manifestantes desarmados y pacíficos los tribunales al mando del PCC les han aplicado castigos atroces. Lula se ha hecho el desentendido. Con relación a Nicolás Maduro, la jugarreta izquierdista del mandatario brasileño desconcertó a propios y extraños.

Probablemente, la Cancillería (Itamary) no tuvo nada que ver con ese despropósito. El día antes de que comenzara la cumbre de Unasur, Lula se reunió con Maduro en un encuentro especial en el cual señaló que la visión internacional con respecto al gobierno venezolano estaba prejuiciada por razones ideológicas, y que las distorsiones no eran otra cosa que una ‘construcción narrativa’ para desprestigiar a un mandatario electo de forma democrática por el pueblo.

En términos menos edulcorados, Lula se atrevió a señalar que contra Maduro, grupos de presión nacionales e internacionales han urdido una inmensa calumnia. Una leyenda negra. ¿No sabía Lula da Silva que ese espaldarazo al gobernante más desacreditado y rechazado de la región provocaría la reacción inmediata de otros mandatarios sometidos a procesos electorales competitivos, transparentes y supervisados internacionalmente? La realización del encuentro estuvo teñida por esas afirmaciones desatinadas.

Luis Lacalle Pou y Gabriel Boric, presidentes de Uruguay y Chile, respectivamente, le respondieron inmediatamente y sin rodeos: en Venezuela no puede hablarse de democracia y Maduro no es un presidente demócrata. El sol no puede taparse con un dedo, señaló Lacalle Pou.

Lula borró de un plumazo, entre otros, los exhaustivos informes elaborados por el grupo de trabajo presidido por la doctora Michelle Bachelet cuando era la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Ignoró los crímenes cometidos contra los jóvenes opositores en los años 2014 y 2017, entre ellos el de Juan Pablo Pernalete, y los asesinatos del concejal Fernando Albán y el capitán Rafael Acosta Arévalo, entre muchas otras víctimas de la represión de los cuerpos de seguridad. Convalidó el fraude de 2018, cuando Maduro atropelló la Constitución convocando unas elecciones ilegales que fueron rechazadas por gran parte de los países democráticos del mundo.

A Lula, además, no le importa que en Venezuela durante la era de Maduro se hayan cerrado varios centenares de medios de comunicación radiales, televisivos e impresos privados, mientras la hegemonía comunicacional del régimen se acrecienta día a día en todo el territorio nacional. Tampoco le importa que el régimen haya construido una ‘oposición’ a su imagen y semejanza, utilizando como ariete el TSJ, la Contraloría de la República y el CNE, órganos del Estado que despojan a los partidos de sus legítimos dirigentes, entregándoles las organizaciones a agentes asociados con el Gobierno, a quinta columnas; o inhabilitan, a través de procedimientos administrativos amañados, a algunos de los líderes más reconocidos y respetados por los ciudadanos.

A Lula, antiguo dirigente sindical, tampoco le inquieta que Maduro persiga y encarcele a dirigentes sindicales y obreros que luchan por las reivindicaciones de la clase trabajadora.

Si Cuba le parece una democracia y Nicaragua una democracia con ‘problemas’, no hay que sorprenderse de que Lula considere democrático el esquema que impera en Venezuela. Es parte de su ambivalencia y cinismo.

Nadie construye una ‘narrativa’ acerca de la vocación antidemocrática de Maduro. Es la realidad. Al igual que las
inclinaciones dictatoriales de Bolsonaro, puestas de manifiesto en la toma de Planalto. Bolsonaro es un autócrata por su comportamiento, no porque le hayan inventado una mentira. Lo mismo sucede con Maduro.

Es una pena la postura de Lula. Brasil debería jugar un papel crucial en la preservación de la democracia en el continente y en la recuperación de las libertades en Venezuela.

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Fuente: @trinomarquezc

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