Palabras de Haydee Cisneros de Salas con motivo de la Develación de su retrato en la Galería de Expresidentes de la Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Caracas

Entrar a la historia de los colgados tiene significados diversos.

En el espacio de la Cámara de Caracas es sumarse a la memoria sobre la responsabilidad del liderazgo, en un gremio que promueve las virtudes cívicas del individuo propietario, de una sociedad de ciudadanos libres.

Pero también existe un extenso relato sobre las colgadas en la historia de la humanidad. Y aunque esa historia parezca lejana a la de las colgadas de la Cámara, encuentro puntos de coincidencia.

En la Cámara de Caracas hemos luchado por reafirmar la justicia sin la cual no puede existir Estado de Derecho, ni sociedad de propietarios, ni república.

En contraste, las primeras colgadas nos muestran la recurrencia en los episodios de injusticia.

Muchas de las mujeres acusadas por brujería no murieron en la hoguera. Fueron colgadas. Agnes Waterhouse fue la primera mujer en ser colgada por bruja, en la Inglaterra de 1566. Tras ella siguieron las 10 brujas de Pendle, también en Inglaterra, colgadas en 1612.

Ellas eran el chivo expiatorio de una multitud enardecida e irracional que triunfó en los tribunales, que argumentó hechicería y las responsabilizó de desgracias como la enfermedad, la muerte natural, o las cosechas arruinadas por los embates del clima.

El caso de Pendle marcó además un precedente, cuando -poco después- una de las acusadoras resultó a su vez acusada de brujería. Una colgada que confirma que sin un auténtico sentido de justicia no hay seguridad posible para nadie.

Hacia 1692, las famosas brujas de Salem, en Massachusetts, fueron condenadas por una comarca donde creció el resentimiento en contra de los vecinos exitosos y de las comunidades cercanas que brillaban en el mundo del comercio.

Bastó la llegada de un líder fracasado y manipulador para exacerbar las hostilidades locales, y marcar la línea fronteriza entre el bien y el mal, bajo la creencia de que el mundo diabólico corrompía la convivencia.

200 personas fueron acusadas de brujería ante los tribunales, 30 fueron declaradas culpables, y 20 fueron las brujas de Salem ejecutadas en la horca.

Las colgadas de Salem muestran cómo desaparece el Estado de Derecho cuando la denuncia se sustenta solo en el testimonio histérico, sin lugar a defensa; cuando se viola el principio liberal sobre separación entre Estado y religión; cuando se recurre a la interpretación sesgada de las leyes; cuando el proceso judicial otorga calidad de verdad científica a argumentos caprichosos.

También nos hablan del peligro que corren la libertad y la vida cuando el individuo y las instituciones claudican a ciegas frente a la ignorancia y a la opinión dominante del tumulto.

En Salem además colgaron por brujería a una mujer que había caminado por calles polvorientas sin ensuciarse la ropa. Asimismo, a una mujer que, en su derecho al pensamiento crítico, fue acusada de hechicería por haberse atrevido a negar la existencia de las brujas.

Aun cuando en 1693 se suspendieron los juicios por brujería en Salem, la reputación de las acusadas quedó irreparablemente arruinada. Su integridad moral colgaba de la horca, mientras los acusadores nunca tuvieron que rendir cuentas.

El escritor Arthur Miller recreó la historia de las colgadas de Salem en su obra El crisol: una alegoría sobre los peligros que rondan a la sociedad cuando el sesgo de confirmación es suficiente para el avance de las ideologías.

En el Caribe, a comienzos de los años 60 del siglo XX, tres mujeres tuvieron la firmeza de enfrentar la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo. Aunque fueron emboscadas y sometidas a un martirio que incluyó el ahorcamiento, la valentía de aquellas tres colgadas, las hermanas Mirabal, inspiró amor por la libertad y catalizó en alguna medida el fin del régimen.

Hoy, las colgadas continúan sacudiendo conciencias.

Han promovido una opinión pública mucho más sensible frente a la violación de derechos individuales, y han desatado un activismo inédito en pro del respeto por la dignidad personal.

Es el caso de las colgadas a las afueras de Nueva Delhi, en la India, atrapadas por la violencia de género que tiempo atrás gozaba de una impunidad escandalosa.

O las mujeres en Irán, que, víctimas de la violación, han sido colgadas por haber tenido relaciones sexuales fuera del matrimonio.

La dignidad y la autonomía del individuo son amenazadas con la horca. Sin embargo, la libertad y la justicia avanzan con cada mujer que prefiere ser colgada antes que renunciar a sus principios como individuo libre.

En 2010, una mujer en Pakistán fue condenada a la horca, por apóstata. Cuando el juez le ofreció liberarla, a cambio de convertirse al islam, ella respondió que elegía morir cristiana. Un caso similar ocurrió en Sudan cuando otra mujer fue sentenciada a la horca por renunciar al Islam.

Estos son algunos relatos de quienes, como Albis Muñoz, la colgada y además tiroteada de Fedecámaras y las colgadas de la Cámara de Caracas (Diana Mayoral, a quien tengo el honor de unirme), continúan dando latitud a la responsabilidad de reafirmar la libertad, el Estado de Derecho, el pensamiento crítico y el pluralismo en sociedades aún acechadas por la demagogia y la violencia colectivista.

Amigos, no se trata de tener en la foto a una mujer, se trata de entender lo que las mujeres también defendemos.

Esto era todo.

Leave A Comment