La muerte de Chuck Norris en días recientes me trajo algo de nostalgia. Otro héroe de acción que se nos va y que nos recuerda que toda esa generación que protagonizó The Expendables ya transita sus 70 y 80 años, mientras nosotros, que los disfrutamos, nos encontramos en nuestros cuarenta y cincuenta. Pero bueno, la vida pasa y esas son las reglas del juego para todos. Carpe diem.

No escribo, sin embargo, para filosofar sobre la vida y su devenir, sino para comentar un hecho que me resultó curioso. A raíz de la muerte de Chuck Norris, me puse a ver en Prime y YouTube varias de sus películas. Después de ello, empecé a preguntarme por qué en los 80 muchas producciones como American Ninja 2, Delta Force 2, e incluso Licence to Kill o la misma Octopussy, se ambientaban en el Caribe y tenían como antagonistas a drug dealers. La tierra de Val Verde que aparecía en Commando o Duro de Matar 2 no era tan irreal como pensamos.

Investigando algo sobre el tema, resulta que hay autores que sostienen que el cine de acción de los 80 fue un reflejo directo de la política exterior, la ansiedad social y la transformación del crimen organizado en Estados Unidos durante esa década. En efecto, no fue casualidad que se entremezclaran varias razones que justificaron esta particular forma de hacer cine en los 80.

Primero, nos encontrábamos en el contexto de la “Guerra contra las Drogas”, declarada por Ronald Reagan en 1982. Esto convirtió al narcotraficante en el “villano perfecto”. A diferencia de los espías soviéticos, amenaza abstracta y lejana, y en cierta medida en decadencia hacia finales de la década, los traficantes caribeños o sudamericanos representaban una amenaza “contaminante” que llegaba directamente a las calles y a la juventud estadounidense. Las películas de acción, de este modo, servían como propaganda indirecta que justificaba el intervencionismo en la región bajo la premisa de “limpiar” la fuente del problema.

Adicionalmente, en los 80 estaba el auge del llamado “Imperio de la Cocaína” en Florida. La realidad incluso superaba a la ficción. El ascenso del Cartel de Medellín hizo que el Caribe y el sur de Florida se sintieran como un nuevo Wild West. Además, series como Miami Vice establecieron una estética (luces de neón, lanchas rápidas, camisas de lino) que el cine copió rápidamente por ser atractiva y comercialmente efectiva.

Fíjense, por ejemplo, en la evolución de los villanos de James Bond. De Octopussy (1983) a Licence to Kill (1989) hay un cambio claro. En la primera, el antagonista aún es un general soviético renegado. En la segunda, Bond se enfrenta a Franz Sánchez, un narco inspirado directamente en Pablo Escobar. Hacia finales de los 80, el público sentía que la amenaza comunista estaba agotada -se equivocaron- y el narcotráfico se convertía en el nuevo “monstruo” tangible.

Había, por supuesto, un componente empresarial. Razones logísticas y presupuestarias. Para productoras como Cannon Films, responsable de American Ninja y Delta Force, rodar en locaciones tropicales (Filipinas, Puerto Rico, México o incluso Israel simulando el Caribe) resultaba extremadamente barato. En la práctica, estos estudios podían contratar extras a bajo costo, enfrentaban menos regulaciones para el uso de explosivos y contaban con un clima que permitía rodajes durante todo el año.

Desde el punto de vista académico, existe incluso un término para estudiar el fenómeno: el “Reaganite cinema”, con el cual se hace referencia a películas estadounidenses que reflejaban la ideología política conservadora, la política económica y el clima cultural durante la presidencia de Ronald Reagan. Autores como Andrew Britton o Douglas Kellner han analizado cómo el cine de los 80 promovía la figura del héroe que viajaba a países del “Tercer Mundo” a resolver problemas que las instituciones, la ley o la diplomacia no podían solucionar. ¿Les suena conocido?

En todo caso, más allá de la nostalgia, este fenómeno deja una lección particularmente relevante para América Latina y Venezuela. Muchas de las narrativas que consumimos no eran solo entretenimiento, sino marcos de interpretación sobre nuestra propia realidad. El cine de los 80 no sólo respondía al mercado. Ayudaba a construir una visión de la región como origen del problema y, por tanto, como espacio legítimo de intervención.

La “Guerra contra las Drogas” no se libró únicamente en el terreno militar o diplomático, sino también en el cultural. Mientras Hollywood convertía al narco latinoamericano en el villano, en paralelo se consolidaban políticas que militarizaron la región, presionaron a gobiernos locales y contribuyeron a dinámicas de violencia, corrupción y distorsión institucional que aún hoy persisten.

En ese sentido, Val Verde no era solo una ficción. Fungió como una simplificación funcional. Un país imaginario que condensaba todos los atributos que convenía proyectar sobre América Latina (caos, ilegalidad, debilidad institucional) y que justificaba, en la narrativa, la necesidad de un actor externo que “pusiera orden”.

Para Venezuela, que ha oscilado entre ser espectador y protagonista dentro de estas narrativas geopolíticas, la lección es aún más relevante. Entender cómo se construyen estos relatos, y cómo terminan influyendo en decisiones de política, inversión y percepción internacional no es un mero ejercicio académico.

Al final, los mercados no operan en el vacío. Operan sobre percepciones. Y pocas cosas han sido tan eficaces moldeando la percepción de América Latina como aquellas películas de acción que, sin que lo notáramos, ya estaban contando una historia sobre quiénes éramos y qué papel nos tocaba jugar.

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