“No se puede ser tan indulgente con una equivocación tan obvia y tan costosa”.
Friedrich August von Hayek en entrevista con Carlos Rangel.

Una de las escuelas del pensamiento económico más polémicas, incluso no reconocida por algunos historiadores, es la escuela austríaca de economía. Es la escuela que devolvió el estudio político, social y filosófico (humano) a una disciplina con amplios intentos cuantificadores. Señala que toda la economía tiene su origen y fin en las interacciones no ordenadas (caóticas) derivadas de las acciones de los individuos (seres humanos), dentro de una sociedad. Esto vuelve el intento de contabilizar, cuantificar y predecir dichas acciones como una acción fútil en sí misma, impactando de frente con todas las teorías económicas previas.

La elaboración del presente trabajo busca arrojar luz sobre los principios y aportes de la escuela austríaca de economía, tanto en el estudio de la disciplina como en sus aspectos políticos, filosóficos, morales y sociales. Todo esto con el fin de contrastar las ventajas aparentes de la escuela, con las políticas planificadoras y centralizadoras más propias de la realidad actual. Finalmente, se estudiará de forma breve la posibilidad de aplicación de los principios de la escuela austríaca de economía sobre uno de los ejemplos económicos más impactantes de los últimos años en Latinoamérica: la realidad venezolana.

Como forma introductoria, la escuela austríaca de economía tiene su origen con la publicación del texto Principios de economía política de Carl Menger (1871). Jaramillo (2010), explica que esta escuela de pensamiento económico tiene un origen polémico debido a la contraposición con los métodos originales de concepción de la economía, citando a Mises, Jaramillo explica que:

En sus orígenes, la expresión “Escuela Austríaca” fue dada a un pequeño grupo de economistas de nacionalidad austríaca por sus adversarios alemanes; cuando fue utilizada por primera vez, en los años 1880, tenía un sentido peyorativo y generaba una cierta dosis de desconfianza. (Jaramillo, 2010, p.71).

Frente a la tecnicidad del pensamiento económico de la época, con la aplicación de abundantes fórmulas matemáticas con el objetivo de “predecir” el comportamiento del mercado y las economías, los austríacos sostenían en su metodología que el factor social no podía separarse del estudio económico:

Menger defendía la posibilidad de construir teorías abstractas, de validez universal, capaces de facilitar el entendimiento de fenómenos particulares, y, al mismo tiempo, destacaba que no todas las instituciones sociales son el fruto del designio humano, de la política económica, sino que muchas, quizás las más importantes (lenguaje, religión, dinero, mercado, legislación, etc.), son el resultado no intencionado de la interacción humana. (Jaramillo, 2010).

Este análisis sobre la influencia de las acciones e interacciones de los seres humanos dentro de las instituciones más importantes de la civilización (incluida la economía) será la base de todo el estudio y análisis sobre el comportamiento económico de la escuela austríaca.

La cita que abre el presente ensayo deja clara la posición de uno de los principales voceros de la escuela con respecto a la planificación económica del socialismo en general y sus pretensiones totalitarias sobre la libertad. Esta posición de franco choque expone con claridad la postura moral de los representantes de la escuela: la de no tolerar lo intolerable, no tolerar ninguna afrenta a la libertad.

Y es que es a partir de este punto, la libertad, desde el cual se dará inicio a la presente disertación. ¿Libertad o libertades?, ¿hasta qué punto podríamos ceder parte de ellas?, ¿qué podría ocurrir?

Para Hayek la respuesta es obvia: la primera cesión de libertades generará una mayor presión para la cesión de mayores secciones de esta, derivando inexorablemente en el totalitarismo; el camino a la servidumbre.

En términos generales, el autor expone en una de sus obras más famosas, Camino de Servidumbre, que los Estados planificadores ofrecen un mayor “bienestar general” en detrimento de “una parte” de las libertades individuales de los afectados. Dichas libertades, desde el primer acto de cesión, serán consecutivamente cercenadas hasta que el Estado “bondadoso” haya desaparecido, dando lugar a un Estado totalitario, contrario absolutamente con la libertad:

Una consecuencia de las ideas que fundamentan la planificación central, demasiado evidente para no contar con el asentimiento general, es que el complejo sistema de actividades entrecruzadas, si va a ser dirigido en verdad conscientemente, tiene que serlo por un solo estado mayor de técnicos, y que la responsabilidad y el poder últimos tienen que estar en manos de un general en jefe, cuyas acciones no puedan estorbarse por procedimientos democráticos. El consuelo que nos ofrecen nuestros planificadores es que esta dirección autoritaria se aplicará «sólo» a las cuestiones económicas. (Hayek, 2008, p.177).

La libertad, por tanto, se encuentra en constante riesgo de ser atacada por parte de quienes controlan el poder político en el Estado moderno. Una pequeña concesión de las libertades económicas, en favor de un bien común o general, deriva en nuevas exigencias para una mayor reducción en las libertades, generando un proceso cada vez más centralizador y planificador de la economía. Una vez alcanzado un punto de alta centralización, el Estado mismo cambia su política, alcanzando definitivamente el autoritarismo o el totalitarismo.

Este rechazo a la planificación central de la economía, tiene un fundamento más allá de lo expresado anteriormente, el que concierne al hecho de que la economía, en tanto atiende a interacciones caóticas de individuos autónomos, no es cuantificable y, por lo tanto, no puede predecirse ni planificarse.

En una entrevista ofrecida por Hayek al periodista y liberal venezolano, Carlos Rangel, éste explica el sinsentido que se esconde en la pretensión de querer corregir los “errores” del capitalismo mediante la planificación:

Esa es una ilusión sin base ni sentido. El mercado emite señales muy sutiles que los seres humanos detectan bien o mal, según el caso, en un proceso que nadie podrá jamás comprender enteramente. La idea de que un gobierno pueda “corregir” el funcionamiento de un mecanismo que nadie domina es disparatada. (Rangel, 1981).

Esta concepción de que la economía nunca podrá alcanzar el nivel que existe en las ciencias puras, se obtiene del hecho que la disciplina es, sencillamente, humana. Esto porque son las interacciones humanas, la acción humana, la que da molde al mercado y, por lo tanto, a la economía misma. Acciones que, dicho sea de paso, no son cuantificables y generan cada una, una reacción imposible de prevenir.

El precio es otro de los conceptos claros de la escuela austríaca de economía y uno de los ejemplos más importantes de esta imposibilidad de prevenir el comportamiento económico. Durante años, la idea de que el precio se encontraba atado a fórmulas matemáticas que se obtenían del análisis de los costos de producción fue la norma general. El primero en afirmar que este análisis estaba incompleto fue Carl Menger.

Menger sostuvo, en su texto Principios de economía política, que los precios no estaban determinados únicamente por los costes de producción implícitos y la ganancia establecida, sino que, el principal factor que determina el valor de un bien es la percepción o el interés que cada uno de los individuos tienen sobre dicho producto. Un bien X, entonces, puede tener más valor para un individuo o un grupo de individuos que para otro, dependiendo de sus necesidades, gustos, preferencias, intereses, etc. Variables todas incuantificables. Esta es la base para la formación del precio según Menger: “El valor que para cada uno de los individuos económicos concretos tienen los bienes es, como ya hemos dicho varias veces, la base principal de la formación del precio” (Menger, 1997).

Estas variables, cada una pequeña en sus propias dimensiones, pero importantes en el resultado final del establecimiento de un bien, particularmente si este es escaso, es lo que produce finalmente el proceso económico. De ahí que las interacciones humanas, para la escuela austríaca, sean la base de la economía y, por ende, el origen de su esencia caótica e incuantificable.

Otro de los principales autores de la escuela austríaca, Ludwig von Mises, también aborda el problema de la fijación de los precios:

La esencia de los precios estriba en que son fruto de la actuación de individuos o grupos de personas que operan por interés propio. En el concepto cataléctico de los precios y las razones de intercambio para nada intervienen ni los decretos de la autoridad ni las decisiones adoptadas por quienes, en nombre de la sociedad o del Estado, recurren a la violencia y a la coacción, ni a los dictados de armados grupos de presión. Al afirmar que no compete al gobernó determinar los precios, no estamos saliéndonos del terreno de la investigación teórica. El gobierno no puede determinar los precios, por lo mismo que la oca no puede poner huevos de gallina. (Mises, 2011, p.545)

En sí misma, es la acción de los seres humanos, en tanto individuos autónomos, basados en las interacciones de estos, la que determina los precios de los productos y no las pretensiones planificadoras de un gobierno o Estado centralizador. Esto no lo es sólo por una cuestión moral, sino por simple lógica: debido a la naturaleza caótica de la economía, ninguna institución, pública o privada, controlara de forma efectiva los precios de productos y servicios. Estos dependen puramente de variables humanas derivadas de su accionar.

Toda esta cuestión, se podría afirmar, es la base fundamental de la doctrina política y económica de la escuela austríaca. El principio de no intervención del Estado en los asuntos económicos, por ser “inmoral” e inapropiado (Hayek), por no tomar en cuenta la acción natural de las interacciones humanas (Menger), y por ser virtualmente imposible (Mises), demuestra el interés filosófico y político de la escuela en atender dicho problema.

Cuando hablamos de la imposibilidad de determinar comportamientos económicos dentro de los patrones caóticos de las economías, nos encontramos con los principios utilitaristas de la unanimidad y la compensación.

Hemos explorado anteriormente que las necesidades humanas son las que determinan en última instancia el valor de un bien para un individuo. Las interacciones que se derivan del intercambio, con base a las variables anteriormente expuestas, son las que generan el proceso económico. La política no debe interferir con esto, intentando determinar los precios, por ser “inmoral e imposible”.

El principio de la unanimidad, plantea que una política es buena si es aprobada por todos y no es desaprobada por ninguno. Murray Rothbard, en su texto La ética de la libertad, explica este principio cuando sostiene que:

Una de las más importantes variables utilitaristas es el principio de la unanimidad, basado en el criterio del “óptimo de Pareto”, según el cual una política es “buena” si alguno o algunos les va “mejor” (en términos de bienes capaces de satisfacer las necesidades) con dicha política y a ninguno le va “peor”. (Rothbard, 1995. p.278).

El autor explica que esta idea se sustenta en el hecho de que las personas aceptaran las políticas públicas con las cuales sientan que les “irá mejor”. Esto es así, o, al menos, aceptarán aquellas políticas con las cuales “no les irá peor”.

Este principio sirve, según Rothbard, para “blindar” a los economistas de emitir juicios de valor. Apuntan que un mercado aceptado de forma “unánime” por todos sus miembros es esencialmente bueno. Sin embargo, esta concepción es llanamente imposible, en tanto que, según el autor, si la situación inicial de la que parte el principio de unanimidad es “injusta y represora, el principio de unanimidad se convierte en un grave obstáculo a la justicia y la libertad” (Rothbard, 1995). Es decir, sólo en una sociedad plenamente libre (algo lejos de la realidad), tal principio sería justo, de lo contrario, derivará en la injusticia.

El principio de compensación se presenta como una corrección a este problema y argumenta la necesidad de “compensar” a los que pierden en una interacción, en lugar de apuntar a que todos ganen (principio de unanimidad).

Rothbard expone este principio de la siguiente manera:

Según este principio, una política pública es “buena” si los que salen ganando (en capacidad de satisfacción de sus necesidades) con ella pueden compensar a los que salen perdiendo y obtener además ganancias netas. Por consiguiente, aunque en un primer momento hay quienes pierden capacidad de satisfacción a causa de esta política, ya no los habría cuando se lleva a cabo la compensación. (Rothbard, 1995, p.279)

Al parecer, la compensación es una refinación del principio de unanimidad y muestra cómo se puede ser más realista al respecto. No obstante, el autor explica que éste principio también choca con la idea de que la economía cuenta con variables incuantificables, debido a que establece como posible la medición de la “satisfacción” de los individuos con respecto a una política particular.

En este punto, Mises, citado por Rothbard, se acerca a una solución a estos problemas, explicando que sólo luego de la evaluación de las consecuencias que tuvo una “mala política” sobre un grupo en particular es que se puede establecer una opinión formada sobre dicha acción: “Se supone, en efecto, que el economista es solamente un praxeólogo, un técnico, que expone a sus lectores u oyentes lo que ellos deben considerar que es una “mala” política tras haberles manifestado todas sus consecuencias”. (Rothbard, 1995, p.284).

Los aportes sociales derivados del análisis económico de la escuela austríaca no son despreciables. Uno de los puntos principales se sostiene sobre la base de la reciprocidad en la prestación de un servicio y la cadena de mejora social que deriva de la ampliación capitalista.

Los planificadores sostienen que el libre mercado genera pobreza, desigualdad y una mayor brecha entre clases. Para ello, como veremos más adelante, proponen la imposición (por la fuerza del Estado) de gravámenes a la actividad económica en favor de la “igualdad”, los denominados impuestos. Esta acción, violenta en sí misma, si es excesiva, genera grandes daños a la actividad económica y desincentiva la generación de nuevas empresas y empleos. Esto es contrario en un ambiente de libre mercado, con un capitalismo sano.

El Centro de Estudios sobre la Libertad, en su revista Ideas sobre la libertad N°41, publicado en 1982, recoge los principales aportes de Ludwig von Mises en el área de la economía, política y sociedad, encontrados en su texto La acción humana. En dicha revista, nos encontramos con la definición ideal de Mises sobre el capitalismo y la ventajosa relación que existe entre una economía libre y el desarrollo humano:

La marca inherente al capitalismo radica en que la producción masiva para el consumo masivo está dirigida por los más enérgicos y perspicaces individuos que infatigablemente persiguen el progreso. La fuerza que los impulsa es el obtener ganancias y el medio para lograrlas es lo que obliga al empresario a proveer a los consumidores de más, mejores y más baratas comodidades. Sólo en una economía prospera y sólo en la medida en que el nivel de vida de los pueblos mejore, se puede obtener un margen de ganancia sobre pérdidas. (Centro de Estudios sobre la Libertad, 1982, p.18).

En pocas palabras, de un mercado libre surgen oportunidades infinitas para todos los miembros de una sociedad. Las sociedades más impositivas y cerradas son las que menos desarrollo humano y social tienen. El capitalismo, mediante la satisfacción de las necesidades de los consumidores y la libre competencia, genera una mayor prosperidad general para todo el conjunto social. La creación de más y mejores bienes materiales, con el objetivo básico de generar ganancias y réditos, es el principal motor de desarrollo de la sociedad moderna.

En este punto, un factor clave tiene que ver con el egoísmo. Tal y como se le considera, el egoísmo es una posición desvirtuada del comportamiento humano. Un ser egoísta piensa únicamente en su satisfacción personal, en ocasiones en detrimento de los demás. No obstante, Mises plantea que el capitalismo va más allá y produce que el egoísmo se convierta, por así decirlo, en altruista.

En primer lugar, sostiene que el egoísmo, en una sociedad planificadora o socialista “contribuye a la inercia y al abandono” (ídem, p. 31). Estos suelen paralizarse, según Mises, esperando “el advenimiento del socialismo y la sustitución del egoísmo ruin por el altruismo elevado” (ídem). Parálisis que, en conjunto con la reducción de las ventajas económicas del capitalismo en un ambiente socialista, genera depredación entre los miembros de dichas sociedades, por obtener ventajas dentro del régimen.

En el capitalismo, se produce un efecto contrario y, para muchos, excluyente: el egoísmo personal deriva en una especie de altruismo; un egoísmo altruista. Mises sostiene esto cuando afirma que:

Lo que el hombre realiza siempre se dirige al mejoramiento de su propio estado de satisfacción. En este sentido –y no en otro– somos libres de utilizar el término egoísmo y enfatizar que la acción es siempre necesariamente egoísta. Es egoísta, inclusive una acción dirigida directamente al mejoramiento de las condiciones de otros. El que actúa, considera que encontrará mayor satisfacción alimentando a otros que alimentándose a sí mismos. El conocimiento de que otros están necesitados causa su desasosiego. (Ídem, p.31).

En pocas palabras, la ampliación del libre mercado y el capitalismo, mediante la constante búsqueda egoísta de una mayor ganancia por parte de los empresarios y la necesidad de una mejor prestación de servicio dentro de un ambiente competitivo, genera un beneficio generalizado indirecto para otros, causando un efecto cascada en la sociedad. El capitalismo, denostado como un sistema egoísta, genera oportunidades y ventajas para todos los miembros de la sociedad y deriva en una especie de altruismo generalizado debido a la necesidad de satisfacer las necesidades de cada uno de sus miembros.

De lo que hemos expuesto hasta el momento, la escuela austríaca se destaca por abogar por el menor control económico posible, por favorecer la libre empresa y el capitalismo en todas sus formas, por demostrar que el capitalismo y el libre mercado es el método más eficaz para generar ventajas y oportunidades para todos y por señalar la futilidad del intento de predecir y, por ende, planificar las economías y los mercados de forma cuantificable (tal y como si fuera una ciencia exacta).

Pero, ¿cuál es el estado actual de las cosas?, ¿los postulados de la escuela austríaca se adaptan al momento actual?, ¿es el libre mercado y la libre competencia el común denominador en el mundo actualmente? La respuesta, por cuestiones obvias, no es un no ni un sí rotundo, veremos esto a continuación al exponer el estado actual de la mayoría de las economías en el mundo.

Milton Friedman, sostiene que, si bien una economía planificada puede, en efecto, funcionar, y que, de hecho, la mayoría de las economías del mundo son, en mayor o menor medida, planificadas, no es lo más eficiente: “un coche de caballos actúa como medio de transporte, pero es mucho menos eficaz que un automóvil a la hora de funcionar” (Friedman, 1985).

En efecto, como señala el autor, toda economía se encuentra controlada. Este no es el meollo del asunto, como señala Friedman, el problema va sobre aquellas economías con controles más que excesivos, estas son las que, a juicio del autor, no pueden funcionar.

En su disertación sobre si una economía planificada puede funcionar, Friedman expone los distintos ejemplos de economías que avanzaron a pasos agigantados mediante la planificación central. Los ejemplos tratados, principalmente China y Rusia (URSS), explican que estas economías, en efecto, se desarrollaron a un ritmo impresionante durante el siglo XX, motivado a la planificación central de sus gobiernos. No obstante, el costo es mayor debido a que, para planificar centralizadamente la economía, se deben hacer grandes sacrificios en términos de libertades políticas y sociales. Esto queda en evidencia cuando Friedman cuestiona que no existe un ejemplo de una nación que haya avanzado con la planificación central de la economía, manteniendo un régimen político democrático y de libertades (Friedman, 1985).

En efecto, una economía libre, necesariamente, debe contar con un sistema político y jurídico democrático y legal. En camino de servidumbre, como hemos visto al inicio del presente trabajo, Hayek explica que las concesiones a los Estados en materia de libertad personal, a cambio de una mayor expansión de la planificación económica, termina, en última instancia, con una mayor represión y con la desaparición de las libertades en general. Por esta razón, no existe una economía planificada que haya sido exitosa sin destruir las libertades más básicas.

La planificación económica, entonces, denota coacción. Los impuestos, en sí mismos y en su origen etimológico (imposición), son una acción violenta por parte del Estado. Henry Hazlitt, en un discurso pronunciado en 1962 en la Sociedad Mont Pelerin, en Bélgica, expone esta realidad sobre la planificación vs el mercado libre.

Hazlitt sostiene que la planificación económica involucra necesariamente la coacción:

Los planificadores gubernamentales tratarán, naturalmente, de persuadir a la gente que el plan general ha sido preparado para su bien y que las únicas personas que van a ser coercitivamente obligadas son aquellas cuyos propios planes no son de “interés público”. (Hazlitt, 1962).

En efecto, la planificación económica deriva en la coacción por parte del Estado para mantener los procesos planificadores. Las economías fuertemente planificadas, como hemos visto, terminan paulatinamente con las libertades y son totalmente ineficientes en comparación con sus contrapartes libres.

Uno de los argumentos que exponen los planificadores, según el autor, es promover el desarrollo mediante la imposición y la coacción que deriva de la planificación de la economía. Hazlitt sostiene que el freno más importante para el desarrollo es, precisamente, estas políticas:

Es desalentar la producción, el empleo, el ahorro y la inversión con intervenciones continuas, controles, amenazas y acoso, es fruncir el ceño ante la palabra utilidades, declarar que son excesivas, iniciar constantemente juicios antimonopolistas, controlar los precios por ley o con amenazas, imponer confiscatorios que desalientan nuevas inversiones y drenan los fondos que hacen posible la inversión, mantener artificialmente bajas las tasas de interés hasta el punto que no hay aliciente para los ahorros, etc. (Hazlitt, 1962)

Todas estas medidas, encaminadas a “promover el desarrollo” y la “igualdad”, generan, precisamente, el efecto contrario. Es la desinversión y la incertidumbre que la motiva, lo que produce realmente el subdesarrollo. Los planificadores defienden la necesidad de imponer y, esta defensa, es lo que evita precisamente el desarrollo ahuyentando capitales y reduciendo la creación de nuevas empresas y puestos de trabajo.

El mejor ejemplo del desastre que implica la planificación social de la economía lo encontramos, precisamente, en Venezuela. El análisis económico del país no es la intención del presente trabajo, no obstante, reseñaremos brevemente los daños que ha sufrido la economía venezolana en más de 20 años de planificación excesiva de la economía.

En primer lugar, Venezuela alcanzó en 2018 una cifra récord de inflación, con más del 1.300.000%, entrando en un proceso hiperinflacionario sin control a raíz de la impresión inorgánica de dinero. Según cifras extraoficiales (debido a que el Banco Central de Venezuela no informó al respecto durante años), el PIB ha caído en más de un 80% en la última década. La ACNUR informa que más de 6 millones de venezolanos han abandonado el país en la búsqueda de mejores oportunidades. La producción petrolera, principal industria del país, cayó de más de 3 millones de barriles diarios, hasta poco más de 1 millón en la actualidad (BBC, 2019).

Si bien es cierto que las tasas impositivas en Venezuela son relativamente bajas en comparación con otros países, es la incertidumbre sobre las decisiones macroeconómicas tomadas en un ambiente político estrictamente coercitivo lo que deriva en una menor inversión y un crecimiento más lento de la economía. Irónicamente, fue la eliminación de los controles de cambio, la promoción de la dolarización y la devolución de empresas expropiadas es lo que ha reactivado la deteriorada economía venezolana, la cual ahora cuenta con una proyección de crecimiento del 20% para finales del 2022, según Credit Suisse (Higuera, 2022).

En líneas generales, Venezuela ha transitado los caminos más abruptos en materia económica debido a una planificación exagerada de la economía. Todo esto ha generado no solo un ambiente político restrictivo, sino una crisis humanitaria profunda. ¿Cómo se puede revertir esta situación?

Hemos visto, a lo largo del desarrollo del presente ensayo, que los aportes de la escuela austríaca no solo se centran en aportaciones económicas. Las ventajas políticas, morales y sociales derivadas de un mercado y una economía libre son evidentes. El capitalismo, en su estado de libertad, genera un mayor proceso de desarrollo que cualquier intento de planificación.

En el caso venezolano ha sido evidente que, la única forma de frenar el proceso de reducción de la economía y la contracción de todos los indicadores, ha sido, precisamente, desmantelar (parcialmente) los grandes controles económicos para dar paso a un ambiente económico híbrido y una mayor desregularización. La dolarización de facto, la promoción de apertura de empresas y la devolución de empresas expropiadas han demostrado que la desregularización es el primer paso para una economía sana. No obstante, el proceso debe ser total y reglamentado, no improvisado.

Aplicando los principios de la escuela austríaca, Venezuela puede recorrer caminos de desarrollo y recuperación más pronunciados que los vistos en la actualidad. Esto, como se ha visto a lo largo del desarrollo del presente trabajo, generaría un ambiente de mejora social del país, y una verdadera apertura política. Esto último es una de las razones por las cuales no se ha adoptado una desregularización completa de la economía.

Reducción de impuestos, dolarización formal de la economía (principalmente para evitar la constante impresión de dinero), el establecimiento de un marco jurídico fuerte que defienda la propiedad privada y proteja la inversión, la menor intervención posible de la economía y un ambiente político democrático serían los primeros pasos de una recuperación de la economía.

En un análisis previo, identificamos que la libertad económica es la única vía de recuperación de Venezuela:

Venezuela necesita de manera urgente transitar sobre la vía del libre mercado de una manera clara y fehaciente, todo con el fin de detener la destrucción acelerada de una nación y una población con mucho potencial económico. Deben ser pues la iniciativa privada, la inversión, el ahorro, pero, sobre todo, la confianza y la cooperación producto de un régimen de libertades económicas y civiles, las principales herramientas para la recuperación económica del país y la consecuente reconquista de los valores y libertades ciudadanas sobre la base de una economía innovadora y pujante. (Bolaños, 2019).

En conclusión, la escuela austríaca representa un antes y un después para el estudio de la economía. La disciplina, que se ha mantenido bajo la pretensión cuantificadora de los defensores de la planificación, recuperó su carácter humano y social.

Dentro de sus principales postulados, pudimos observar la futilidad del análisis económico tradicional. Los precios y los mercados no son cuantificables en tanto que obedecen a las interacciones de los seres humanos, son parte de un fenómeno social. Con esto, la planificación misma de la economía es un ejercicio absurdo y moralmente cuestionable.

Los precursores y defensores de la escuela austríaca vieron la malicia intrínseca de la planificación económica. El mero hecho de pretender dar un juicio final sobre el cómo debe regirse el desarrollo económico de una nación entera (mediante la coacción) representa un accionar vil por parte de gobiernos que pretenden coartar cada vez más libertades.

El llamado de los “austríacos” es defender la libertad. La económica es la primera de las libertades a atacar debido a que, solo en una sociedad estatizada y con una economía no libre es posible sofocar cada vez mayores libertades y someter a la población; el camino a la servidumbre.

La experiencia venezolana, como hemos visto, es fiel ejemplo de ello. Sin embargo, la recuperación y la superación de la servidumbre puede ser lograda siguiendo los postulados de la escuela austríaca. La defensa de la libertad y las libertades contra los intentos planificadores socialistas debe ser siempre la principal preocupación de todas las nacionalidades. Como señala la frase que abrió esta investigación: “no se puede ser tan indulgente con una equivocación tan obvia y tan costosa”.

Autor: José Antonio Bolaños Kanzler

Segundo lugar del Concurso de ensayo libre «Aportes de la Escuela Austriaca de Economía, a los 150 años de fundada». Auspiciado pro CEDICE Libertad y el Instituto Libre Desarrollo

 


Referencias:

  • BBC Mundo. (2019). Crisis en Venezuela: 7 gráficos que explican la situación económica y política en el país sudamericano. [En línea]. Londres: BBC Mundo. Recuperado de: ENLACE. [Consultado el: 28/04/2022].
  • Bolaños, J. (2019). El libre comercio frente a la planificación social de la economía. [En línea]. Caracas: Centro de Difusión del Conocimiento Económico CEDICE. Recuperado de: ENLACE. [Consultado el: 21/03/2022].
  • Centro de Estudios sobre la Libertad. (1982). La sabiduría de Ludwig von Mises. Ideas sobre la libertad, 41, 3-61. Buenos aires: Centro de Estudios sobre la Libertad.
  • Friedman, M. (1985). ¿Puede funcionar una economía controlada? Caracas: Centro de Difusión del Conocimiento Económico CEDICE.
  • Hayek, F. (2008). Camino de servidumbre. Madrid: Unión Editorial.
  • Hazlitt, H. (1962). Planificación vs Mercado Libre. Caracas: Centro de Difusión del Conocimiento Económico CEDICE.
  • Higuera, A. (2022). Credit Suisse prevé un incremento del 20% en el PIB de Venezuela. [En línea]. Caracas: El Universal. Recuperado de: ENLACE. [Consultado el: 28/4/2022].
  • Jaramillo, A. (2010). La escuela austriaca de economía. Una nota introductoria. [En línea]. Ecos de Economía, 14(30),70-98. Recuperado de: ENLACE. [Consultado el: 20/03/2022].
  • Menger, C. (1997). Principios de economía política. Madrid: Unión Editorial.
  • Mises, L. (2011). La acción humana. Tratado de economía. Madrid: Unión Editorial.
  • Rangel, C. (1981). Capitalismo y Socialismo: Entrevista a Friedrich August von Hayek. Washington: El CATO Institute.
  • Rothbard, M. (1995). La ética de la libertad. Madrid: Unión Editorial.

 

 

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